Devocional

Una mosca en el perfume

Por: Josselin Coello

Una mosca en el perfume

Hay cosas que tardan años en construirse y apenas unos segundos en dañarse. La confianza, el carácter, la reputación, un ministerio, una relación. Incluso el testimonio que hemos procurado cuidar delante de Dios y de los hombres.

Por eso resulta tan incómoda la imagen de Eclesiastés 10:1: «Las moscas muertas hacen heder y dar mal olor al perfume del perfumista; así una pequeña locura, al que es estimado como sabio y honorable».

Un perfumista podía dedicar tiempo, conocimiento y cuidado a preparar su perfume. Había un proceso, había algo valioso al final, pero una mosca muerta podía caer dentro y hacer que todo aquel perfume perdiera su buen olor. Y aquí está la advertencia: lo pequeño no siempre tiene consecuencias pequeñas.

Una palabra dicha sin pensar, una reacción que no supimos dominar, una conversación que sabíamos que no convenía, una actitud que justificamos porque «no es para tanto». Una pequeña concesión que dejamos pasar... La Biblia no está diciendo que una persona sabia nunca se equivoque, está mostrando que la sabiduría y la honra no nos hacen inmunes a la necedad. Podemos haber construido durante años algo valioso y, aun así, permitir que algo pequeño comience a contaminarlo.

Una mosca no necesita destruir el perfume. Solo necesitó entrar.
Y quizás eso es lo que más deberíamos vigilar: no solamente las grandes decisiones, sino aquellas pequeñas cosas que vamos tolerando porque todavía no vemos sus consecuencias.


Hoy en día, hay personas preocupadas por proteger su reputación, pero descuidan aquello que la sostiene. Quieren conservar el buen olor delante de los hombres, mientras dejan que algo contamine el corazón delante de Dios.

El problema de la mosca no fue que fuera grande. Fue que no debía estar allí.

Y quizás esta sea la pregunta con la que deberíamos cerrar:
¿Qué hay hoy en tu vida que sabes que no debería estar allí?

Tal vez no sea algo que los demás puedan ver, tal vez incluso hayas aprendido a convivir con ello sin sentir que representa un verdadero peligro, pero que todavía no haya producido consecuencias no significa que no esté contaminando.
Porque algunas cosas entran silenciosamente y permanecen allí mientras nosotros seguimos admirando el envase del perfume.

Tal vez Dios no te esté pidiendo hoy que construyas algo nuevo, tal vez te está mostrando aquello que has aprendido a tolerar y que, aunque todavía parece pequeño, ya está contaminando lo que con tanto cuidado has construido.
Porque no siempre perderemos el perfume de un día para otro. A veces comenzamos a perderlo cuando decidimos convivir con aquello que sabemos que echan a perder el olor. 


Porque a veces, cuidar lo que Dios ha construido en nosotros no requiere una gran decisión, sino una pequeña limpieza a tiempo:

Sacar la mosca antes de que eche a perder el perfume.

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