Cuando todo se reduce a escombros.
Por: Josselin Coello
No me refiero a lo material. Hablo de esas estructuras invisibles sobre las que edificamos la sensación de que estamos bien: la aprobación, el control, la productividad, las personas, el reconocimiento, la certeza de que sabemos hacia dónde vamos. Mientras funcionan, ni siquiera las llamamos dependencias. Las llamamos «mi vida».
Y quizá por eso algunos derrumbes duelen de una manera que no sabemos explicar. No solamente perdimos algo; perdimos aquello que utilizábamos para sostener una versión de nosotros mismos. Cuando ya no podemos recurrir a lo que antes nos daba seguridad, aparece una pregunta que no siempre estamos preparados para responder: ¿quién soy cuando ya no puedo ser aquello que hacía, cuando ya no tengo a quien tenía, cuando el resultado que esperaba no llegó, cuando nadie está mirando y cuando Dios no parece responder en los términos que había imaginado?
Es allí donde el alma queda desnuda.
Y es incómodo descubrir que algunas cosas que llamábamos fe eran, en realidad, seguridad mientras las circunstancias permanecieran favorables. Porque es fácil decir que Dios es suficiente cuando todavía tenemos otras cosas que también nos hacen sentir seguros. La pregunta difícil aparece cuando esas otras cosas desaparecen: ¿sigue siendo suficiente Dios cuando ya no puede sostenerse nuestra vida con nada más?
Quizá por eso ciertos derrumbes, aunque nunca deberíamos romantizarlos, terminan revelando algo que la estabilidad mantenía oculto. No necesariamente que Dios nos abandonó, sino de qué estábamos dependiendo para sentir que Él estaba con nosotros.
Job no perdió solamente bienes. Perdió también las explicaciones que tenía sobre su propia vida. Y lo extraordinario de su historia no es únicamente que finalmente recuperara lo perdido, sino que después de atravesar el derrumbe pudo decir: «De oídas te había oído; mas ahora mis ojos te ven» (Job 42:5).
Existe una clase de conocimiento de Dios que solamente descubrimos cuando nuestras explicaciones dejan de funcionar. No porque Dios necesite destruirnos para enseñarnos, sino porque algunas seguridades tienen que dejar de hablar para que podamos escuchar aquello que siempre estuvo diciendo Dios.
Por eso, quizá la pregunta no sea únicamente: «¿Cómo hago para volver a tener mi vida como estaba?» Tal vez también necesitamos preguntarnos: «¿Qué me está mostrando este derrumbe sobre aquello en lo que realmente había puesto mi seguridad?»
Porque reconstruir exactamente lo anterior no siempre es restauración. A veces restaurar significa dejar de intentar levantar las mismas estructuras que ya demostraron que no podían sostener el peso de nuestra alma.
Y aquí está la parte que más nos cuesta: Dios puede sostenerte sin devolverte inmediatamente aquello que perdiste. Puede darte paz sin darte explicaciones. Puede permanecer cerca sin cambiar las circunstancias. Puede ser fiel incluso cuando la vida no vuelve a parecerse a lo que era. Eso cambia completamente la definición de estar sostenido.
Estar sostenido por Dios no significa que nada se derrumbe. Significa que tu fundamento no se derrumba con aquello que cae.
Y quizá, cuando todo lo demás se convierte en escombros, el verdadero milagro no sea que Dios reconstruya rápidamente lo que perdiste. Quizá sea descubrir que debajo de todo aquello que cayó, Él todavía estaba allí.
Y que, después de todo, no necesitabas que todo permaneciera en pie para permanecer tú.
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