Cuando orar se vuelve difícil
Por: Josselin Coello
Hay momentos en los que sabemos exactamente lo que necesitamos hacer, pero no queremos hacerlo.
Sabemos que necesitamos orar. Sabemos que necesitamos detenernos, cerrar la puerta, apagar el ruido y volver nuestro corazón hacia Dios. Sabemos que necesitamos hablar con Él. Y, sin embargo, no lo hacemos.
No siempre porque hayamos dejado de creer. No necesariamente porque estemos enojados con Dios. A veces, simplemente, no tenemos ganas de orar
Y quizá esa sea una de las cosas que menos nos gusta admitir como creyentes.
Porque hemos aprendido a hablar de la oración como una disciplina que debemos mantener, pero pocas veces hablamos de lo que ocurre cuando interiormente no existe deseo de hacerlo. Cuando dirigirse a Dios cuesta, cuando arrodillarse pesa, cuando la mente está demasiado llena, cuando sabemos que Dios está ahí, pero preferimos cualquier otra cosa antes que sentarnos delante de Él.
Entonces aparece una pregunta incómoda:
¿Qué hacemos cuando necesitamos buscar a Dios, pero no queremos hacerlo?
Quizá lo primero sea dejar de fingir delante de Él.
Dios no necesita que lleguemos a su presencia aparentando tener una disposición que no tenemos. La oración no comienza cuando conseguimos ordenar nuestras emociones; comienza cuando dejamos de esconderlas.
Hay días en los que nuestra oración puede ser tan sencilla como:
“Señor, no quiero orar, pero aquí estoy.”
Y aunque parezca una oración pequeña, contiene algo importante: decidiste acercarte aun cuando no sentías deseo de hacerlo.
El problema es que muchas veces esperamos sentir ganas para obedecer. Esperamos que aparezca el deseo, que llegue la inspiración, que nuestro corazón esté sensible y que las palabras fluyan. Pero la vida espiritual no puede depender únicamente de lo que sentimos.
Hay días en los que oraremos con lágrimas. Otros, con gratitud. Otros, con palabras abundantes. Y habrá días en los que tendremos que permanecer delante de Dios con una oración torpe, corta y aparentemente vacía. Y eso también es permanecer.
Jesús, en Getsemaní, nos muestra algo que no podemos ignorar. Su alma estaba profundamente angustiada, y aun así se dirigió al Padre. No esperó a que desapareciera la angustia para orar. Oró en medio de ella.
Esto cambia nuestra perspectiva. Tal vez no siempre necesitamos recuperar primero las ganas de orar. Tal vez necesitamos aprender a llevar nuestra falta de ganas delante de Dios
La oración no existe solamente para los días en los que sentimos a Dios cerca. También existe para los días en los que estamos distraídos, cansados, frustrados, confundidos o espiritualmente secos.
Por eso, recuperar la oración no siempre consistirá en encontrar una fórmula nueva. Quizá consistirá en volver a darle a Dios un lugar que otras cosas han ido ocupando silenciosamente.
No necesitas comenzar con una hora de oración si apenas puedes concentrarte durante diez minutos.
Comienza estando. Sin discursos, sin intentar impresionar a Dios, sin fabricar emociones.
Dile lo que realmente está pasando:
“Estoy aquí, pero mi mente está en todas partes.” “Sé que necesito buscarte, pero no tengo ganas.” “No sé qué decir.” “Ayúdame a querer estar contigo.”
Porque incluso ese deseo pequeño de volver a Dios puede convertirse en el comienzo de una búsqueda nuevamente viva.
Y quizá esa sea una de las formas más honestas de fe: Seguir acercándonos cuando nuestras emociones no nos están llevando hacia Él.
Si hoy orar se te ha vuelto difícil, no conviertas esa dificultad en una razón para alejarte más. Ve a Dios con ella.
Porque, a veces, volver realmente a Dios comienza exactamente ahí: en la dificultad.
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