Devocional

¿Cuándo dejaste de sorprenderte de ti mismo?

Por: Josselin Coello

¿Cuándo dejaste de sorprenderte de ti mismo?

Hay una clase de cambio que debería preocuparnos más de lo que estamos dispuestos a admitir: ese en el que comenzamos a convertirnos en alguien que, tiempo atrás, nosotros mismos no habríamos reconocido. No hablo solamente de grandes caídas ni de decisiones que cambian una vida de un día para otro. Hablo de pequeñas cosas que fueron perdiendo su capacidad de confrontarnos hasta que un día descubrimos que ya podemos hacerlas, pensarlas, decirlas o tolerarlas sin detenernos demasiado a pensar qué están haciendo en nosotros.

Quizá alguna vez dijiste: «Yo nunca sería capaz de hacer eso». Y después lo hiciste. Tal vez incluso hubo una primera vez en la que te incomodó profundamente. Te cuestionaste, te dolió, quisiste corregirlo. Pero pasó el tiempo, volvió a suceder y comenzaste a encontrar explicaciones. No necesariamente porque dejaras de saber que estaba mal, sino porque necesitabas una manera de convivir contigo mismo sin sentir que estabas constantemente en contradicción.

Y ahí comienza algo peligroso: cuando dejamos de preguntarnos «¿esto está bien?» y empezamos a preguntarnos solamente «¿cómo puedo explicar por qué lo hago?». Porque entender nuestras razones puede ser útil para sanar, pero también puede convertirse en una forma sofisticada de justificarnos. Podemos conocer perfectamente el origen de una reacción, identificar nuestra herida, reconocer nuestra historia y aun así seguir protegiendo aquello que Dios nos está mostrando que debe cambiar. Saber de dónde viene algo no significa que debamos permitir que siga gobernándonos.

También aprendemos a utilizar palabras espirituales para aquello que simplemente no queremos confrontar. Decimos que estamos «en proceso», cuando en realidad llevamos demasiado tiempo negociando con lo mismo. Decimos que «Dios conoce nuestro corazón», como si conocerlo significara aprobarlo. Decimos que «todos tenemos debilidades», y convertimos una verdad bíblica en una excusa para dejar de luchar. Y así, poco a poco, aquello que antes reconocíamos como una excepción termina convirtiéndose en una costumbre; la costumbre se vuelve parte de nuestro carácter y, finalmente, comenzamos a llamarlo personalidad.

Hay algo especialmente peligroso en acostumbrarnos a una versión de nosotros mismos que Dios nunca nos pidió conservar. Porque cuando llevamos suficiente tiempo siendo de determinada manera, empezamos a defenderla como si cuestionarla fuera cuestionarnos a nosotros mismos. «Yo soy así». «Siempre he sido así». «No puedo evitarlo». «Esa es mi forma de reaccionar». Y quizá algunas de esas frases contienen parte de nuestra historia, pero ninguna tiene autoridad para convertirse en una sentencia sobre nuestro futuro. Dios puede mostrarnos de dónde venimos sin pedirnos que permanezcamos allí.

Por eso la verdadera confrontación quizá no sea preguntarnos cuánto hemos pecado, sino cuánto hemos aprendido a justificarnos. En qué momento desarrollamos una sorprendente habilidad para explicar por qué ciertas áreas de nuestra vida no cambian. Podemos conocer la verdad y, al mismo tiempo, construir suficientes argumentos para mantenernos a distancia de ella.

Y aquí hay una pregunta que no deberíamos responder demasiado rápido: ¿qué cosas de ti ya no te sorprenden? No porque las hayas vencido, sino porque te acostumbraste a ellas. ¿Qué reacción antes te avergonzaba y ahora justificas? ¿Qué pensamiento antes rechazabas y ahora alimentas? ¿Qué actitud antes reconocías como incorrecta y ahora defiendes porque «tenías tus razones»? ¿Qué parte de tu carácter has dejado de presentar delante de Dios porque ya decidiste que simplemente «eres así»?

Porque el peligro no está únicamente en convertirnos en aquello que nunca quisimos ser. Está en llegar al punto en que dejamos de reconocerlo como una contradicción. Cuando ya no te sorprende aquello que antes te confrontaba, quizá no has madurado: quizá simplemente has aprendido a convivir con algo que deberías seguir llevando delante de Dios.


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