Vencer sin perder el corazón
Por: Salomé Acosta
Hay días en los que el mal no llega con un gran estruendo, sino con un susurro. No aparece con formas oscuras; a veces llega disfrazado de una palabra que hiere, una injusticia que nadie ve, un cansancio que pesa más de lo que admitimos. Y en esos momentos uno se pregunta si vale la pena seguir siendo bueno.
Porque ser bueno cuesta. Cuesta guardarse una respuesta hiriente.
Cuesta no endurecerse, Cuesta no perder la ternura en un mundo que aplaude la frialdad.
Y sin embargo, este versículo de Pablo
“No te dejes vencer por el mal; al contrario, vence el mal con el bien.” (Romanos 12:21)
Nos recuerda lo esencial: el mal no se vence tomando su forma. porque si lo hacemos, aunque ganemos, habremos perdido el corazón. Vencer el mal con el bien no significa sonreír mientras te lastiman, ni callar injusticias. Es algo más profundo:
es no contaminarse, no convertirse en lo que te hirió, no dejar que el dolor reajuste tu esencia, no permitir que el rencor escriba tus respuestas.
A veces el bien parece pequeño, pero nunca es débil. Una palabra suave frena tormentas; un perdón rompe cadenas antiguas; una luz mínima desplaza la oscuridad.
Y quizá la batalla más dura no es contra el mal que está afuera, sino contra el que intenta levantarse dentro de nosotros: el enojo, la herida, la memoria que no suelta. Ahí es donde el Espíritu Santo libra nuestras guerras más profundas.
Porque el bien que vence no nace de nuestras fuerzas, sino de Dios que nos enseña a amar desde dentro.
Nuestra victoria no es ser perfectos:
es permanecer sensibles, aun con cicatrices, es seguir siendo luz, aun cansados, es elegir el bien, incluso cuando el alma tiembla.
Si hoy te preguntas si tu bondad vale la pena, si tu corazón es demasiado frágil para este mundo, si aún dudas de tu capacidad para mantenerlo limpio en medio de tanta presión, recuerda esta verdad que no envejece:
“Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón, porque de él mana la vida.” (Proverbios 4:23).
La vida no mana de tus logros, ni de tus fuerzas, ni de tu capacidad para resistir. La vida mana de tu corazón: de ese lugar íntimo donde Dios te susurra quién eres, donde crece tu fe, donde Él te sostiene en silencio cuando los días son malos.
Por eso el mal pelea tanto por entrar ahí. Intenta desgastarte con pequeñas heridas, decepciones o injusticias, para que un día empieces a protegerte cerrándote.
Para que te canses de amar, para que dejes de crecer, para que renuncies a lo que te hace diferente. Pero no cedas, No cambies tu esencia.
No bajes la guardia del corazón.
No permitas que el mal siembre allí lo que no viene del Dios.
Guardar tu corazón no es huir del mundo:
es recordar que tu valor no se negocia, que tu luz no es ingenuidad, que tu compasión no es una desventaja.
Guardar tu corazón es decidir que nada, ni el dolor, ni la injusticia, ni la traición tendrá permiso de apagar lo que Dios encendió en ti.
Justo ahí, ocurre la victoria. La victoria que no hace ruido. La que no necesita aplausos. La que transforma tu historia desde dentro.
Así que recuerda:
Cuando guardas tu corazón, ya estás venciendo.
Cuando eliges el bien, aun herido, ya estás ganando.
Cuando sigues amando sin dejar que el mal te cambie… ya triunfaste.
Esa es la victoria más hermosa: Vencer, sin perder el corazón.
Escrito por Josselin Coello