Devocional

Una voz en el desierto

Por: Josselin Coello

Una voz en el desierto

«Por tanto, he aquí, yo la atraeré, la llevaré al desierto y hablaré a su corazón.»
Oseas 2:14


Hay silencios que son consecuencia de nuestra rebeldía. Pero hay otros que Dios mismo permite porque solo cuando todo lo demás deja de hacer ruido somos capaces de escuchar su voz.
Oseas retrata a un pueblo que había cambiado al Dios verdadero por falsos amores. Israel creyó que eran los ídolos quienes sostenían su vida, quienes proveían su pan, su agua, su aceite y su vino. Poco a poco dejó de mirar al Dador para enamorarse de los regalos.
Lo lógico habría sido que Dios se marchara. Lo sorprendente es que decidió acercarse.
Diciendo: Yo la atraeré. No la empujaría. No la obligaría. No la destruiría para empezar de nuevo. La atraería.
Y la verdad es que detrás de esas palabras se esconde una ternura indescriptible.


Dios habla como un esposo que todavía ama a una esposa infiel. No minimiza su pecado, pero tampoco renuncia a rescatar su corazón.
Y entonces añade algo que, humanamente, parece contradictorio:
«La llevaré al desierto.»

Nadie escogería el desierto como escenario para reencontrarse con el amor. Allí faltan las comodidades, las seguridades y todo aquello que distrae. Sin embargo, precisamente por eso Dios suele llevarnos allí.
Porque el desierto tiene una capacidad que pocos lugares poseen: desnuda el corazón.

En el desierto caen las falsas seguridades. Descubrimos cuánto dependíamos de aquello que creíamos indispensable. Allí comprendemos que muchas veces no buscábamos tanto a Dios como los beneficios de tenerlo cerca. Y duele.
Duele descubrir que el corazón puede acostumbrarse a amar más las bendiciones que al Dios que las concede.

Pero el propósito del desierto nunca ha sido destruirnos.
Es volver a conquistarnos.

El texto no dice simplemente que Dios hablará. Dice que hablará al corazón. No a la inteligencia, no al orgullo, no a las apariencias religiosas. Al lugar donde nacen los afectos, las decisiones, las emociones y la fidelidad.
El problema de Israel nunca fue únicamente la idolatría. Fue un corazón que dejó de encontrar suficiente a Dios.

Quizás esa sea también nuestra lucha. Podemos seguir diciendo que amamos a Dios, mientras el corazón comienza a buscar satisfacción en otras cosas. Y Dios, que no se conforma con una fidelidad vacía, a veces permite el desierto para devolvernos aquello que habíamos perdido: el deleite de su presencia.

Qué distinto es el  amor de Dios al nuestro. Nosotros solemos alejarnos de quien nos hiere o nos traiciona. Él, en cambio, persigue al que ama.
Y cuando finalmente habla al corazón, el desierto deja de ser un castigo para convertirse en el lugar donde el amor vuelve a nacer.

Tal vez hoy estés atravesando un desierto que no entiendes. Antes de preguntarte cuándo terminará, pregúntate: ¿qué quiere decirte Dios en medio de él? Porque quizá mientras tú estás esperando que termine el desierto, Dios está esperando que escuches su voz.

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