Devocional

Tras las huellas del Amado

Por: Josselin Coello

Tras las huellas del Amado


Hay preguntas que no nacen de la curiosidad, sino del desgarro. En Cantares, la esposa recorre las calles preguntando: «¿Habéis visto al que ama mi alma?». Lo conmovedor de esa escena es que no está buscando a un desconocido. Está buscando a Aquel cuya voz conocía, cuya presencia había disfrutado y cuyo amor ya había experimentado.


Y eso cambia por completo el peso del pasaje.

Porque la tragedia no siempre consiste en no haber conocido a Dios. A veces consiste en descubrir que seguimos sabiendo quién es Él, pero ya no caminamos con la misma cercanía de antes. Hay una diferencia inmensa entre no haber encontrado al Amado y haber sentido un día el calor de su presencia para luego despertar en una ciudad donde ya no sabemos dónde está.

La ausencia del Amado no comenzó cuando la esposa salió a buscarlo. Comenzó mucho antes, cuando escuchó el golpe en la puerta y decidió esperar un poco más. No hubo un acto de rebeldía escandalosa, no hubo una renuncia pública. Solo hubo una demora. Un «después». Una comodidad momentánea que terminó costándole una comunión que nunca imaginó perder.

Así empieza casi toda frialdad espiritual.

Nadie deja de amar a Cristo en un solo día. El corazón se enfría lentamente. La Biblia permanece abierta sobre la mesa, pero cerrada para el alma. La voz del Espíritu sigue hablando, aunque ya no produce el mismo temblor.

Quizá esa sea una de las realidades más dolorosas de la vida cristiana: podemos seguir viviendo y sirviendo mientras el alma extraña en secreto la intimidad que un día tuvo con Dios. Podemos conservar la apariencia de fidelidad, mientras por dentro sentimos el vacío que deja una comunión descuidada
No porque Dios haya dejado de acercarse, sino porque nosotros aprendimos a responder demasiado tarde.

Por eso resulta imposible no escuchar el eco de Cantares en las palabras de Cristo a la iglesia de Laodicea: «Aquí estoy. Yo estoy a la puerta y llamo...». No llama a incrédulos, sino a personas que habían aprendido a vivir con Él fuera de la puerta. También resuena el llamado de Isaías: «Busquen al Señor mientras puede ser hallado; llámenlo mientras está cercano». No porque Dios juegue a esconderse, sino porque existe una sensibilidad espiritual que puede apagarse cuando, una y otra vez, elegimos ignorar su voz.

Lo admirable de la esposa no es que hubiera fallado. Es que no hizo de la ausencia un lugar donde quedarse, no intentó llenar el vacío con otra cosa, no se convenció de que podía acostumbrarse. Salió a buscar al Amado porque entendió que nada podía sustituir su presencia.

Y quizá ahí está la pregunta que este pasaje deja sobre tu propia vida. ¿Cuándo fue la última vez que extrañé de verdad la presencia de Dios?
No la emoción de un culto, no la satisfacción de haber servido, no la tranquilidad de cumplir con una disciplina espiritual. Su presencia.
Porque hay una diferencia enorme entre seguir creyendo en Cristo y seguir anhelándolo.

Tal vez el mayor síntoma de que el corazón se está enfriando no sea que ya no oramos como antes, sino que dejamos de notar su ausencia.  Y un alma que deja de extrañar a Dios corre el riesgo de conformarse con una vida espiritualmente correcta, pero profundamente vacía.
Sin embargo, mientras el corazón todavía sea capaz de preguntar: «¿Dónde está mi Amado?», la historia aún no ha terminado.

Quien extraña su presencia demuestra que aún recuerda su voz. Quien llora su distancia evidencia que todavía reconoce el valor de su cercanía. Y quien decide salir tras las huellas del Amado descubrirá que Dios nunca desprecia a un corazón que vuelve quebrantado.

Así que, no permitas que la frialdad se convierta en costumbre, porque hay búsquedas que no pueden dejarse para mañana.

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