Toda semilla tiene memoria
Por: Josselin Coello
Hay algo profundamente desconcertante en el acto de sembrar. Se toma una semilla, se abre la tierra y luego se la entierra. Desde cierta perspectiva, parece un funeral más que el comienzo de una historia. Sin embargo, el sembrador no duda, porque entiende un principio invariable: toda semilla guarda dentro de sí el destino de lo que un día será.
Antes del fruto está la raíz. Y antes de la raíz está la ruptura. Ninguna semilla permanece intacta y al mismo tiempo se convierte en árbol. Debe transformarse en lo oculto, extenderse donde nadie mira, sosteniendo en silencio lo que después será visible.
Mientras la raíz se desarrolla, desde la superficie parece que no ocurre nada. El campo luce igual. Nadie celebra lo invisible, pero allí se define la resistencia del futuro. Lo que no se ve es lo que sostiene lo que sí se verá.
Luego aparece el brote, frágil y pequeño, seguido de la flor, que es solo promesa y no destino. Cómo si Dios insistiera en recordarnos que la apariencia no es la meta; que el proceso siempre es más largo que la emoción del momento.
En ese marco, la Biblia no habla solo de crecimiento, sino de un principio inevitable: “todo lo que el hombre siembre, eso también cosechará” (Gálatas 6:7). No es únicamente una advertencia, es una realidad espiritual. La siembra nunca es neutra. Cada palabra, cada decisión, cada actitud es una semilla que contiene dirección.
Por eso, la cosecha no solo ocurre en lo bueno. También ocurre en lo malo. Lo sembrado en amor produce fruto de vida, pero lo sembrado en indiferencia, orgullo o daño también madura con el tiempo. La tierra no distingue intención; simplemente responde a lo que recibió.
Al final, el fruto llega. No como accidente, sino como consecuencia de un proceso fiel. Y quizás ahí está la parte más seria de este principio: no siempre cosechamos lo que queremos, pero sí cosechamos lo que sembramos. Por eso el llamado no es solo a esperar frutos, sino a cuidar la semilla que hoy estamos dejando en la tierra de la vida.
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