Te planté como vid escogida…
Por: Josselin Coello
Hay versículos que no solo confrontan… duelen. Porque no hablan desde la ira de un Dios distante, sino desde la decepción de un Dios que cuidó, sembró y esperó fruto. Dios dice: “Yo te planté de vid escogida, simiente verdadera toda ella; ¿cómo, pues, te me has vuelto sarmiento de vid extraña?” Jeremías 2:21 y qué fuerte es pensar que alguien puede convertirse en algo que no era. No porque nació así… sino porque se fue desviando poco a poco.
Porque nadie se vuelve “vid extraña” de un día para otro. Eso empieza cuando dejamos de cuidar lo que antes era consagrado, cuando nos acostumbramos a apagar convicciones por comodidad, cuando ya no duele alejarnos de Dios como antes dolía.
Y aun así, este versículo no suena a rechazo, suena a tristeza. Como quien mira algo que amó profundamente y pregunta:
“¿En qué momento cambiaste tanto?”
A veces creemos que el pecado siempre se ve escandaloso, pero muchas veces empieza silencioso. Empieza en lo pequeño: en la oración que dejamos para después, en la sensibilidad que perdimos, en la obediencia negociada, en el corazón cansado que poco a poco empezó a vivir sin depender de Dios.
Y lo más impresionante es que Dios recuerda cómo nos plantó. Él no habla desde lo que somos ahora, sino desde lo que pensó cuando nos llamó. “Vid escogida.” Eso éramos, no cualquier planta. No cualquier semilla. Escogida. Y eso debemos segui siendo.
Y quizás por eso duele tanto este fragmento, porque uno entiende que el amor de Dios no es indiferente. Él no mira nuestra frialdad con apatía. Le afecta, le duele. Él sí nota cuando nos alejamos.
Pero también hay esperanza escondida en este versiculo. Porque si Dios recuerda la semilla original, entonces significa que todavía sabe quiénes fuimos antes de perdernos entre tantas versiones rotas de nosotros mismos.
Y tal vez volver a Dios no siempre comienza con fuerzas. A veces comienza simplemente reconociendo:
“Señor… me desvié más de lo que pensé.” y recordar que Jeremías 2 no es solo un capítulo de juicio. Es la evidencia de que Dios todavía habla incluso cuando el pueblo ya no escucha igual. Y eso también es misericordia.