Devocional

Sin la cruz el pesebre no tiene sentido

Por: Salomé Acosta

Sin la cruz el pesebre no tiene sentido

‎Cada diciembre, el mundo se detiene ante una explosión de luces, árboles decorados y un sentimiento de "buena voluntad". Para muchas personas es la celebración del nacimiento de Jesús. Sin embargo, si examinamos las Escrituras y la historia con honestidad intelectual y espiritual, nos encontramos con una realidad distinta: ‎

La Navidad es una construcción humana que a menudo oculta el núcleo del Evangelio: el sacrificio y la resurrección gloriosa de Jesucristo. ‎


Debemos ser claros: la Biblia guarda un silencio absoluto sobre el día del nacimiento de Jesús. La elección del 25 de diciembre no fue una revelación divina, sino una maniobra política y religiosa del siglo IV. Al fusionar la fe con las fiestas del Sol Invictus y las Saturnales romanas, se creó un sincretismo que persiste hasta hoy. ‎ ‎


Dios no nos mandó a celebrar el nacimiento de Jesús, sino a anunciar su mensaje. El pesebre fue solo el comienzo de un plan mucho más profundo: La redención. ‎


‎Jesús no vino al mundo para que le pusiéramos luces en un árbol una vez al año; Él vino para morir. Sin la cruz, el pesebre no tiene significado. ‎


‎Si buscamos con honestidad la esencia de nuestra salvación, debemos tener el valor de desviar la mirada del tierno y decorativo cuadro del establo en Belén. Aunque la tradición nos ha condicionado a buscar la esperanza en la fragilidad de un recién nacido, la realidad bíblica nos conduce por un camino mucho más escarpado y glorioso. La redención del hombre no se gestó en la calidez de un pesebre, sino en la crudeza de una colina llamada Gólgota y en el silencio abrumador de un sepulcro que hoy permanece vacío. Es en este contraste donde el Evangelio deja de ser una historia estacional para convertirse en el poder de Dios para salvación. ‎ ‎


Por lo tanto, nuestra esperanza no descansa en un recuerdo nostálgico de su infancia, sino en la realidad presente de un Salvador vivo que, habiendo vencido al sepulcro, ofrece vida eterna a un mundo que perece. Es allí, entre el madero ensangrentado y la luz de la resurrección, donde realmente encontramos la salvación. ‎ ‎


El mundo prefiere un bebé en un pesebre porque un bebé no juzga, no confronta el pecado y no exige la entrega total de la vida. Y no al Jesús de la Biblia, el Rey de Reyes que regresará a juzgar a los vivos y a los muertos. ‎


‎Nuestra prioridad como creyentes no debe ser defender una tradición de origen pagano, sino proclamar el mensaje que realmente salva: que el hombre está perdido en sus delitos y pecados, y que solo a través de la muerte y resurrección de Cristo puede ser reconciliado con el Creador. ‎Este diciembre, mientras el mundo se pierde en mitos y luces temporales, nosotros debemos permanecer anclados en la realidad eterna. La Navidad pasará, los árboles se secarán y los regalos se olvidarán, pero la palabra del Dios nuestro permanecerá para siempre. ‎ ‎


Nuestra esperanza no reside en la nostalgia navideña, sino en la realidad histórica de que Cristo murió por nuestros pecados, fue sepultado y resucitó al tercer día según las Escrituras. Esa es la noticia que transformó y transformará vidas, hoy y siempre.


Escrito por Josselin Coello


21 personas les gusta

Más artículos como este

Devocional

El llamado también exige madurez

Madurar tambien es parte del llamado aunque pocas veces se diga con claridad. Hablamos mucho del propósito, del ministerio, de lo que Dios hará a tr...

Devocional

La verdadera conquista

La conquista suele asociarse con territorios, batallas y victorias visibles. Sin embargo, en la vida espiritual la conquista más profunda no se libra...

Devocional

La soledad del liderazgo

‎La soledad del liderazgo es una de esas realidades silenciosas que no suelen mencionarse, pero que tú conoces bien. No siempre se manifiesta en la...