Devocional

Servir a costa del alma

Por: Josselin Coello

Servir a costa del alma

Existe un cansancio que no interrumpe el servicio, pero sí va apagando algo por dentro. Las manos continúan, la responsabilidad se sostiene, la fe sigue expresándose en acciones; sin embargo, el corazón empieza a ausentarse. No dejamos de hacer cosas para Dios, simplemente comenzamos a hacerlas cada vez más lejos de Él. Este desgaste no llega de golpe. Se instala cuando nos acostumbramos.


Nos acostumbramos a orar sin detenernos, a hablar de Dios sin haber estado con Él, a ministrar desde la memoria y no desde la presencia. Poco a poco, lo que nació como entrega se vuelve mecánico, y el alma aprende a sobrevivir. En ese punto, las palabras se confunden. Llamamos fidelidad a lo que es agotamiento, perseverancia a lo que es negación interior, compromiso a lo que en realidad es desgaste. Incluso creemos que detenernos sería fallar, cuando muchas veces continuar sin cuidar el alma termina alejándonos silenciosamente de Dios.


Nadie se pierde de un día para otro; se va perdiendo cuando deja de vivir delante de Él.


También ocurre algo más profundo: El corazón se endurece sin darse cuenta. Ya no lloramos en su presencia, ya no temblamos ante su palabra, ya no discernimos con claridad cuándo Él habla y cuándo solo seguimos por inercia. Como Sansón, creemos que todo sigue igual, sin advertir que la fuerza se fue primero por dentro. Y quizás lo más delicado de todo es que, en medio de tanto hacer, olvidamos quiénes somos. Nos volvemos eficaces, constantes, responsables, pero dejamos de vivir como hijos. Construimos altares mientras nos quedamos sin aceite. Sin embargo, Dios no nos llamó a sostener su obra a costa del alma; nos llamó a permanecer en Él para que el fruto sea verdadero.


Por eso el descanso no es un premio para los que terminan la carrera, es una disciplina para los que desean permanecer. Detenerse no siempre es retroceder; a veces es la única manera de no perder el alma en el camino. Hay pausas que no apagan el llamado, lo resguardan. Hay silencios que no debilitan la fe, la ordenan.

Dios no nos mide por cuánto hacemos, sino por cuánto permanecemos en Él. No se agrada de un servicio que nos consume por dentro, ni de una entrega que nos deja vacíos. Él sigue llamándonos primero como hijos, antes que como obreros.


Esta no es solo una advertencia, es una invitación llena de gracia: volver a la fuente, sentarse otra vez a sus pies, permitir que Él restaure lo que el cansancio fue apagando lentamente. No para hacer menos, sino para volver a vivir cerca de Él.


Porque lo que Dios te entregó no fue para sostenerse a costa de tu alma, sino para arder mientras permaneces en su presencia.


"Permanezcan en mí y yo permaneceré en ustedes. Así como ninguna rama puede dar fruto por sí misma, sino que tiene que permanecer en la vid, así tampoco ustedes pueden dar fruto si no permanecen en mí" (Juan 15:4)

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