Devocional

Sentidos extraviados

Por: Josselin Coello

Sentidos extraviados

Existe una expresión en Hebreos que pocas veces detenemos a mirar: “los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal” (Hebreos 5:14). El autor no está hablando de los cinco sentidos físicos, sino de las facultades con las que percibimos, evaluamos y distinguimos espiritualmente. Y lo interesante es que no dice que estos sentidos simplemente “existen”, sino que son ejercitados. En el contexto, el contraste es entre quien permanece inmaduro, inexperto en la palabra de justicia, y aquel que ha alcanzado madurez.

Bíblicamente la palabra que se traduce como “sentidos” está relacionada con la capacidad de percepción; por otro lado la palabra “ejercitados” comunica entrenamiento, práctica. Y “discernimiento” apunta a distinguir, separar, reconocer una cosa de otra. El cuadro que presenta Hebreos es mucho más profundo, entonces: un sentido ejercitado no es una especie de intuición que aparece espontáneamente, sino una capacidad que ha sido formada mediante el uso. Por eso el autor conecta la madurez con la práctica y con la palabra de justicia.

¿Y qué sería, entonces, un sentido extraviado? No necesariamente uno que dejó de percibir, sino uno que percibe sin saber distinguir. Puede ver una circunstancia y confundirla con una respuesta de Dios; escuchar una opinión y recibirla como verdad; sentir algo intensamente y asumir que, por sentirlo, debe ser cierto. El sentido extraviado no carece de percepción: carece de discernimiento. Tiene información, pero no necesariamente capacidad para separar lo verdadero de lo aparente.

Por eso el sentido ejercitado funciona de otra manera. No significa que nunca se confunda, sino que ha aprendido a someter lo que percibe a aquello que Dios ya ha revelado. No todo lo que siento es verdad. No todo lo que parece conveniente es bueno. No todo lo que duele significa abandono. No toda puerta abierta significa aprobación, ni toda puerta cerrada significa rechazo. El sentido ejercitado no se apresura a interpretar; discierne. Y esa capacidad no nace de la experiencia por sí sola, sino de una vida formada en la palabra de justicia y puesta en práctica.

Quizás por eso dos personas pueden atravesar la misma situación y leerla de maneras completamente distintas. Una ve solamente lo que ocurrió; la otra intenta discernir qué es bueno y qué no, qué debe recibir y qué debe rechazar. Una reacciona desde lo inmediato; la otra ha aprendido a hacer una pausa. Una pregunta “¿qué siento ante esto?”; la otra también pregunta “¿qué dice Dios sobre esto?”. Esa es la diferencia entre percibir y discernir: los sentidos reciben información, pero el discernimiento determina cómo debemos entenderla delante de Dios.

Tal vez, entonces, la oración no debería ser solamente “Señor, muéstrame”, sino también: “Señor, enséñame a distinguir lo que estoy viendo”. Porque podemos tener los ojos abiertos y seguir extraviados; podemos escuchar mucho y entender poco.

Hoy Dios nos recuerda que la madurez no consiste en percibir más cosas, sino en aprender, por medio de la palabra y de la práctica, a distinguir correctamente entre ellas. Los sentidos ejercitados no son los que sienten más; son los que, después de haber sido formados por Dios, aprenden a reconocer la diferencia entre lo bueno y lo malo.

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