Devocional

Saber la verdad no significa haber sido transformado

Por: Josselin Coello

Saber la verdad no significa haber sido transformado

Hay una diferencia entre conocer una verdad y permitir que esa verdad nos confronte. Podemos leer la biblia, memorizar versículos, escuchar enseñanzas y hasta reconocer con claridad lo que Dios espera de nosotros; pero nada de eso garantiza que estemos viviendo conforme a lo que hemos aprendido.

A veces, el problema no es que ignoremos lo que dice la palabra, sino que hemos aprendido a escucharla sin sentirnos aludidos. Sabemos qué responder, qué versículo citar y qué consejo dar, pero cuando esa misma verdad señala algo que necesita cambiar en nosotros, encontramos la manera de justificarlo, minimizarlo o aplazarlo. Es curioso cómo podemos tener tanta claridad para identificar lo que otros necesitan corregir y tantos argumentos cuando la corrección nos corresponde.

Santiago 1:22 nos advierte: «Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos» Y hay algo particularmente serio en esa última expresión: podemos engañarnos a nosotros mismos. No necesariamente porque desconozcamos la verdad, sino porque confundimos conocerla con haberla obedecido, escucharla con haberla recibido y emocionarnos con un mensaje con haber experimentado una transformación.

La palabra de Dios no fue dada solamente para ampliar nuestro conocimiento, sino también para examinar lo que somos. Hebreos 4:12 nos recuerda que discierne los pensamientos y las intenciones del corazón. Por eso, acercarnos a las Escrituras no debería consistir únicamente en buscar respuestas para explicar la vida, sino también en permitir que Dios examine nuestras motivaciones, nuestras actitudes y esas áreas en las que todavía nos resistimos a cambiar.

Porque es posible defender una verdad bíblica con firmeza y, al mismo tiempo, contradecirla con nuestra conducta. Podemos hablar de amor mientras alimentamos el resentimiento, enseñar humildad mientras nos cuesta reconocer nuestros errores y aconsejar perdón mientras conservamos una lista de agravios. Y lo más peligroso no es solamente esa contradicción, sino acostumbrarnos tanto a ella que terminemos considerándola normal.

Esto no significa que nunca volveremos a fallar ni que la transformación ocurre de un día para otro; significa que no podemos usar nuestra imperfección como excusa para dejar de permitir que Dios nos transforme. Una verdad que nos confronta puede incomodarnos, pero esa incomodidad también puede ser el comienzo de un cambio que llevábamos demasiado tiempo posponiendo.

Tal vez hoy necesitamos pensar en qué ocurre cuando la palabra contradice nuestra manera de vivir. Porque es fácil recibir una verdad cuando confirma lo que pensamos, pero su propósito también es confrontar aquello que preferiríamos conservar. Y si después de escucharla seguimos justificando lo mismo que ella nos señala, necesitamos preguntarnos si realmente estamos permitiendo que nos transforme o si solamente hemos aprendido a convivir con lo que deberíamos rendir a Dios.
Quizás necesitamos recordar que la verdad no transforma nuestra vida por el simple hecho de conocerla, sino cuando dejamos de resistirnos a lo que nos demanda.

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