Lo oculto no permanece en la sombra
Por: Josselin Coello
Hay una idea que atraviesa la Escritura sin ruido, pero con un peso que tarde o temprano se impone: nada permanece oculto para siempre. No como amenaza inmediata, sino como principio que no negocia con el tiempo. Lucas 8:17 lo dice con sencillez, aunque no con ligereza: “nada hay oculto que no haya de ser manifestado”.
Vivimos con la capacidad de esconder cosas, de ajustar intenciones, de sostener versiones que funcionan mientras nadie mire demasiado cerca. Y por un tiempo parece suficiente. Pero el tiempo no olvida. Solo avanza. Y en ese avance, empieza a mostrar lo que ya estaba ahí, aunque se hubiera intentado cubrir.
Hay cosas que se sostienen en lo oculto por conveniencia, no por inocencia. Actitudes que se normalizan mientras nadie las confronta. Decisiones que se justifican porque aún no tienen consecuencias visibles. Y en ese punto lo oculto deja de ser silencio y se convierte en acumulación.
Y también hay otra parte que no siempre se dice. No todo lo oculto es oscuridad. Hay fidelidades sin testigos. Hay obediencias sin reconocimiento. Hay procesos que parecen invisibles porque no encajan con lo que se celebra. Y sin embargo, ahí están, sin necesidad de ser defendidos.
Pero lo oculto no se queda quieto. No es un espacio neutral. Es un proceso en marcha. Todo lo que permanece ahí, tarde o temprano, toma forma visible. A veces como exposición. A veces como consecuencia. A veces como claridad que ya no se puede ignorar.
Por eso este principio incomoda. Porque rompe la ilusión de control. Porque quita la posibilidad de sostener dos versiones al mismo tiempo sin tensión. Y aun así, hay algo que también sostiene, aunque no lo diga en voz alta: nada queda detenido para siempre. Ni lo que duele. Ni lo que se hizo bien en silencio.
Quizás debemos entender que no se trata de vivir escondiendo o exponiendo algo, sino de recordar que todo lo que permanece en la sombra está en camino hacia la luz.
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