Devocional

La verdadera conquista

Por: Josselin Coello

La verdadera conquista

La conquista suele asociarse con territorios, batallas y victorias visibles. Sin embargo, en la vida espiritual la conquista más profunda no se libra en campos externos, sino en el corazón, en la mente y en la voluntad. Conquistar espiritualmente es avanzar en fe, obedecer a Dios y permitir que Él gobierne cada área de nuestra vida.


La conquista espiritual no consiste en imponer, sino en rendirse. No se trata de dominar a otros, sino de permitir que Dios conquiste lo que aún no le hemos entregado: temores, hábitos, heridas, orgullo o incredulidad. En la fe, conquistar es creer las promesas de Dios por encima de las circunstancias, caminar en obediencia aun cuando el camino parece incierto y permitir que sean derribadas las fortalezas internas que se oponen a su verdad.


La Escritura nos muestra que la conquista de la Tierra Prometida no fue solo un hecho histórico, sino una figura espiritual vigente. Dios habló primero y prometió la tierra antes de que el pueblo diera un solo paso. Así también, la conquista espiritual comienza cuando creemos que Dios ya habló, aun cuando todavía no vemos el cumplimiento.

La fe se activa antes de la posesión.


El avance no fue inmediato ni total. Israel conquistó por etapas, con victorias claras y con resistencias prolongadas. De la misma manera, el crecimiento espiritual es progresivo. Hay áreas que Dios transforma rápidamente y otras que requieren procesos más largos. La perseverancia y la constancia son parte de la obediencia.


Antes de enfrentar enemigos externos, el pueblo tuvo que vencer el temor, la duda y la desobediencia. Muchas veces, la batalla más intensa no está fuera, sino dentro. El miedo al cambio, el conformismo espiritual, la obediencia parcial y el cansancio del alma suelen convertirse en obstáculos que frenan la conquista. Reconocerlos no es señal de derrota, sino el inicio de una victoria consciente. Dios no nos deja sin herramientas para avanzar.


La oración es más que preparación; es la batalla misma, el lugar donde recibimos dirección, fuerza y discernimiento. Su Palabra actúa como un mapa que revela qué conquistar y cómo hacerlo. La obediencia diaria, aun en decisiones pequeñas, va abriendo camino a grandes victorias. Y la comunión con otros creyentes nos recuerda que no fuimos llamados a conquistar solos.


Toda conquista espiritual está ligada al propósito. Dios no nos llama a avanzar únicamente para beneficio personal, sino para que Su nombre sea glorificado y otros encuentren esperanza a través de una vida transformada. Cuando Dios conquista el corazón, todo lo demás comienza a alinearse.


Al final, la conquista espiritual no se mide por lo que logramos, sino por cuánto permitimos que Dios gobierne. Cada paso de fe, cada acto de obediencia y cada rendición sincera representa territorio ganado para el Reino. Tal vez hoy la pregunta no sea qué debemos conquistar, sino qué área de nuestra vida aún no ha sido completamente conquistada por Dios.

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