La sanidad exige renuncia.
Por: Josselin Coello
No todo el que pide sanidad quiere ser sano.
A veces solo queremos alivio. Un descanso del dolor. Un respiro que nos permita seguir viviendo igual, pero sin que duela tanto.
Jesús no ofrecía eso.
Por eso preguntaba. Y no lo hacía desde la dureza, sino desde una lucidez que atraviesa el alma. Frente a un hombre que llevaba años postrado, Jesús no comenzó con un milagro, comenzó con una pregunta que desarma cualquier autoengaño:
«Cuando Jesús lo vio acostado, y supo que llevaba ya mucho tiempo así, le dijo: ¿Quieres ser sano?» (Juan 5:6).
No es una pregunta obvia. Es una pregunta peligrosa. Porque sanar no es automático; sanar es una decisión que desnuda. Obliga a reconocer si estamos dispuestos a dejar de vivir desde la herida o si, en el fondo, ya nos acomodamos a ella.
Hay dolores que nos ordenan la vida. Nos dicen qué evitar, a quién culpar, cuándo retirarnos. Hay heridas que se vuelven argumento, refugio y justificación. Y mientras eso ocurra, la sanidad resulta incómoda, incluso amenazante, porque nos deja sin el relato que usamos para explicar por qué somos como somos.
Sanar lleva consigo tomar decisiones:
Dejar hábitos que te hacen sangrar, ambientes donde tu fractura es comprendida, pero nunca confrontada.
Y personas que prefieren tu versión herida porque así no tienen que relacionarse con tu transformación.
Sanar no solo quita el dolor; quita las muletas. Y caminar sin ellas da miedo.
Dios sana, sí. Pero no negocia con lo viejo. No entra para convivir con lo que te destruye lentamente. Cuando Dios obra, no solo toca la herida: exige espacio. Y hacer espacio implica sacar cosas. No todo puede quedarse.
Por eso, después del milagro, Jesús volvió a hablarle al hombre, ya no desde la enfermedad, sino desde la responsabilidad de una vida nueva:
«Después le halló Jesús en el templo, y le dijo: Mira, has sido sanado; no peques más, para que no te venga alguna cosa peor» (Juan 5:14).
No fue una amenaza. Fue una advertencia llena de verdad: volver a lo mismo no es neutral. Regresar a lo viejo es abrir de nuevo la puerta a aquello que enfermó el alma. El milagro sin cambio es frágil. La sanidad sin renuncia es temporal.
Sanar no es olvidar lo que te pasó.
Sanar es dejar de usarlo como excusa.
Es aceptar que ya no puedes vivir como antes, aunque antes fuera lo único que conocías.
Tal vez Dios no ha guardado silencio. Tal vez está esperando tu respuesta. No a una oración bonita, sino a una renuncia concreta. A un sí que no se dice con la boca, sino con decisiones que rompen ciclos.
Porque la sanidad no es el final del proceso.
Es el inicio de una vida donde ya no cabe lo viejo.