La permanencia exige fidelidad.
Por: Josselin Coello
Hay comienzos que nos encienden el alma. Momentos en los que el llamado se siente claro, fuerte, inevitable. Todo parece vivo, todo parece posible. Pero el tiempo pasa… y no todo permanece igual.
La emoción se aquieta. Las respuestas tardan. El camino se vuelve largo. Y es ahí, cuando ya no hay euforia ni aplausos, donde la fidelidad empieza a hablar.
Permanecer no es quedarse por inercia. Es elegir quedarse cuando el corazón está cansado. Es seguir amando lo que Dios te confió, aun cuando duele, aun cuando pesa, aun cuando no entiendes.
La fidelidad no siempre se siente espiritual. A veces se siente como agotamiento, como rutina, como silencio. Pero Dios habita también en lo constante, en lo que no brilla, en lo que no se ve. Él ve cada paso fiel que das cuando nadie más lo nota.
Hay días en los que permanecer es fácil, y otros en los que es una lucha interna. Días en los que te preguntas si vale la pena seguir, si alguien ve tu esfuerzo, si lo que haces tiene sentido. Y aun así… sigues. No porque todo esté bien, sino porque decidiste no soltar.
Eso es fidelidad.
Dios no solo mira cuánto avanzas, sino cuánto permaneces. No solo observa tus logros, también tu constancia. Él sabe que lo que se sostiene en fidelidad se construye con lágrimas, con renuncias silenciosas, con obediencias que nadie aplaude.
Permanecer también duele porque implica morir a la prisa, al reconocimiento, a la necesidad de resultados inmediatos. Implica confiar en que Dios sigue obrando aun cuando parece callado. Implica creer que el proceso también es parte del propósito.
Quizás hoy no estás en una etapa de grandes decisiones, sino en una de resistencia. Y aunque parezca menos espiritual, es profundamente sagrada. Porque la fidelidad no siempre grita… muchas veces susurra.
Y Dios escucha esos susurros.
Si hoy estás cansado, pero sigues.
Si hoy dudas, pero no te vas.
Si hoy lloras, pero permaneces. Entonces estás siendo fiel.
Y la fidelidad, aunque silenciosa, siempre deja huella.
Porque lo que permanece por amor, Dios lo honra con su presencia.
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