La oración vence todo
Por: Administrador
Hagas lo que hagas, nunca dejes de orar para que Dios te conceda la gracia de ver primero tu propio corazón. Es tan fácil distraerse mirando la vida de los demás, analizando sus errores, sus caídas, sus contradicciones. Pero mucho más difícil es detenerse frente al espejo de la Palabra y tener la valentía de ver lo que realmente somos. Por eso nuestra oración debe ser constante: “Señor, muéstrame a mí antes que a los demás; revélame lo que debo entregar en tus manos; hazme consciente de mis pecados y de mi necesidad de tu perdón”.
El corazón humano tiende a la soberbia. Nos resulta natural ser rápidos para juzgar y lentos para reconocer lo que dentro de nosotros mismos necesita redención. Sin darnos cuenta, podemos caer en la trampa de pensar que nuestra mirada es más limpia que la de los demás, cuando en realidad seguimos cargando vigas que nos ciegan. Jesús lo dijo claramente: “¿Por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo? Saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano” (Mateo 7:3,5).
El Señor no nos llamó a vivir señalando con un dedo acusador, sino con un corazón quebrantado. La vida cristiana no consiste en exhibir la falta del otro, sino en reconocer nuestra propia necesidad de gracia. Cuando nos enfocamos en condenar, olvidamos que también somos deudores. Y si olvidamos nuestras propias batallas, corremos el riesgo de olvidar cuánta misericordia seguimos necesitando cada día.
La oración del creyente humilde nunca debe ser: “Señor, corrige a mi hermano”, sino: “Señor, corrígeme a mí primero”. Porque cuando Dios revela las profundidades de nuestro corazón, nos damos cuenta de que aún existen rincones que claman por restauración, heridas que solo Su amor puede sanar, y áreas de nuestra vida que todavía necesitan ser transformadas.
Ora para que no te ciegue el impulso de condenar.
Ora para que tu corazón sea libre del veneno de la crítica sin compasión.
Ora para que tus ojos aprendan a ver como los de Cristo: no con desprecio, sino con ternura; no con soberbia, sino con misericordia. Porque el juicio humano destruye, pero la intercesión restaura.
La verdadera victoria espiritual no está en demostrar que el otro está equivocado, sino en dejar que el Espíritu Santo te transforme a ti primero. La verdadera madurez no consiste en exponer las faltas de los demás, sino en permitir que Dios exponga las tuyas y las sane con Su amor.
Recuerda siempre: solo quien se sabe profundamente necesitado de misericordia puede vivir para dar misericordia. Solo quien ha sido alcanzado por la gracia puede extender gracia. Y solo aquel que ha experimentado el perdón en carne propia puede hablar de un Dios que perdona sin límites. El mundo ya está lleno de voces que acusan, que critican y que señalan. Lo que escasea son corazones dispuestos a doblar rodillas, a interceder por los demás, a llorar delante de Dios en vez de murmurar delante de los hombres. Que tú seas de esos pocos que en lugar de levantar un dedo acusador, levantan manos limpias para orar, interceder y pedir misericordia.
Y nunca olvides: cada vez que Dios te permite ver la falta de tu hermano, no es para que lo humilles, sino para que lo lleves en oración. No es para que te sientas superior, sino para que recuerdes cuánto te ha perdonado Él. Porque al final, todos caminamos bajo la misma gracia, y todos dependemos de la misma misericordia.
Haz tuya esta oración cada día:
“Señor, muéstrame mis caminos, corrige mi corazón, líbrame de mi propia dureza. Hazme sensible a tus reprensiones y misericordioso con los demás. Enséñame a ser paciente, a interceder en lugar de acusar, y a amar como Tú me amas. Porque yo también necesito ser sanado, yo también necesito tu gracia, y yo también necesito aprender a mirar con los ojos de Cristo”.
Ahí está el secreto de una vida transformada: dejar que la luz de Dios ilumine primero tu interior. Y cuando permites que esa luz penetre hasta lo más profundo, ya no miras al prójimo con condena, sino con compasión. Ya no juzgas desde la soberbia, sino que amas desde la humildad. Y es entonces cuando tu vida comienza a reflejar al verdadero Cristo, ese que no vino a condenar al mundo, sino a salvarlo.
Escrito por Josselin Coello