Devocional

La obediencia que alimenta el ego

Por: Josselin Coello

La obediencia que alimenta el ego

Hay una clase de ego que no necesita subir a una plataforma, recibir aplausos ni hablar de sí mismo. Puede esconderse perfectamente detrás del servicio, la disciplina y la obediencia. Es más difícil de identificar porque no se alimenta necesariamente de hacer cosas malas, sino de hacer cosas buenas y comenzar a atribuirles un valor que Dios nunca les dio. El problema no es obedecer; el problema aparece cuando nuestra obediencia deja de ser una respuesta de amor y empieza a convertirse en una medida de nuestro valor. Cuando ya no hacemos lo correcto porque amamos al Padre, sino porque necesitamos sentir que somos los hijos que sí cumplen.

El hermano mayor de la parábola del hijo pródigo resulta incómodo precisamente por eso. Él no se fue de casa. No malgastó la herencia. No abandonó a su padre. Permaneció trabajando mientras su hermano se marchaba. Y, sin embargo, cuando el padre recibe al hijo que vuelve, algo queda expuesto: «He aquí, tantos años te sirvo, no habiéndote desobedecido jamás» (Lucas 15:29). No es casualidad que Jesús ponga esas palabras en su boca. El hombre que aparentemente había permanecido más cerca del padre habla como alguien que se siente lejos de él. Su lenguaje revela una relación transformada en transacción: yo hice, tú debías. Su obediencia había dejado de ser fruto de una relación y se había convertido en una especie de cuenta corriente espiritual.

Y quizá ahí empieza una de las deformaciones más sutiles de nuestra vida con Dios: cuando comenzamos a acumular obediencias. Recordamos lo que hemos dejado, lo que hemos soportado, las veces que dijimos que sí, las ocasiones en que permanecimos cuando otros se fueron. Y, sin darnos cuenta, empezamos a construir un expediente interno de méritos. No necesariamente se lo presentamos a Dios con palabras, pero aparece cuando nos preguntamos por qué otros reciben algo que nosotros creemos haber ganado. Aparece cuando nos cuesta celebrar la gracia sobre alguien cuya historia nos parece menos digna. Aparece cuando pensamos: después de todo lo que yo he hecho. Y esa frase, aunque parezca razonable, puede revelar que hemos dejado de contemplar la gracia para empezar a contabilizar méritos.

Porque la justicia propia tiene una característica particularmente peligrosa: puede convivir durante mucho tiempo con una conducta aparentemente irreprochable. Hay momentos en que no defendemos nuestra conducta porque sea correcta, sino porque admitir que fallamos destruiría la imagen espiritual que hemos construido. Y entonces la obediencia deja de ser un lugar de rendición y se convierte en una herramienta para proteger nuestro ego.

Esto también explica por qué una persona puede servir mucho y, al mismo tiempo, estar cada vez menos disponible para la corrección. Cuando nuestra identidad se sostiene sobre todo lo que hacemos para Dios, cualquier confrontación se siente como una amenaza personal. Ya no escuchamos para ser transformados; escuchamos para defender nuestro historial. Ya no preguntamos: «Señor, ¿qué quieres mostrarme?», sino: «¿Cómo pueden decirme esto después de todo lo que he hecho?». Es una diferencia pequeña en apariencia, pero enorme en el corazón. La madurez espiritual no consiste en llegar al punto en que nadie pueda cuestionarnos porque nuestra trayectoria habla por nosotros. Consiste en permanecer suficientemente rendidos como para permitir que Dios cuestione incluso aquello que hacemos correctamente.

Y aquí aparece una paradoja que no deberíamos pasar por alto: la obediencia que verdaderamente nace de la gracia no produce superioridad, produce dependencia. Cuanto más entendemos que hemos sido recibidos por gracia, menos espacio queda para convertir nuestras obras en títulos de nobleza espiritual. Pablo podía hablar de trabajo, sacrificio y disciplina, pero también podía reconocer que todo lo que era y todo lo que hacía dependía de la gracia de Dios (1 Corintios 15:10). La obediencia cristiana no es una escalera para subir hasta Dios; es la respuesta de alguien que ya ha sido alcanzado por Él.

Tal vez por eso necesitamos hacernos una pregunta que va mucho más allá de «¿estoy obedeciendo?»: ¿qué está produciendo mi obediencia en mí? Si convierte mis sacrificios en argumentos para exigirle a Dios, algo está mal. Si me hace mirar mi trayectoria con orgullo mientras pierdo la gratitud y la capacidad de ser corregido, entonces quizás sigo haciendo lo correcto, pero ya no desde el mismo lugar. Porque el propósito de la obediencia nunca fue fabricar personas que pudieran presumir delante de Dios de todo lo que hicieron, sino hijos que, habiendo conocido al Padre, ya no necesitan convertir su fidelidad en una prueba de que merecen ser amados.

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