La modestia no es imposición, es fruto
Por: Josselin Coello
La manera en que nos vestimos no es un asunto superficial cuando hemos entendido que nuestra vida ya no nos pertenece. No hablamos solo de telas, cortes o estilos, sino de identidad. Lo externo no define el corazón, pero lo delata. Revela a quién pertenecemos y desde dónde estamos viviendo.
Cuando alguien ha sido alcanzado por la gloria de Dios, esa obra no se queda encerrada en lo interno; desciende con suavidad hasta lo cotidiano y también se posa sobre la forma en que se presenta ante los demás.
Habitamos una cultura que enseña a mostrarse para existir, a exponerse para ser aceptado, a adaptarse para no quedar fuera. El mundo ofrece libertad, pero muchas veces la disfraza de esclavitud; promete expresión, pero termina despojando de dignidad. Frente a esa corriente persistente, la Palabra nos llama a no tomar la forma de este siglo, sino a permitir que el entendimiento sea renovado.
Cuando la mente cambia, el deseo se ordena y cuando el deseo se ordena, también lo hacen nuestras decisiones.
La modestia, en el Reino, no nace de la imposición, ni del temor, sino de la conversion. Es fruto de saberse hijo de Dios. Quien ha sido afirmado por el Padre no necesita exhibirse para sentirse valioso ni provocar miradas para confirmar su existencia.
Hay una seguridad que no grita, que no compite, que no se ofrece al juicio ajeno, porque ha aprendido a permanecer.
Nuestro cuerpo no es una vitrina, ni un objeto de consumo; es morada. Templo del Espíritu Santo. Y cuando esta verdad se vuelve revelación, cambia la forma en que lo honramos.
Vestirse decorosamente no es apagarse, es alinearse.
No todo lo que es tendencia edifica, ni todo lo que el mundo normaliza refleja el corazón del Reino. La gracia no nos empuja a parecernos al sistema, sino a vivir con discernimiento, reverencia e identidad.
Antes que preguntarnos qué es permitido, la Escritura nos invita a vestirnos de Cristo. Cuando Él se convierte en nuestra vestidura, aprendemos a discernir desde el amor y no desde la culpa. Dejamos de medirnos por límites externos y comenzamos a responder a una pregunta más profunda:
¿Esto refleja al Espiritu que habita en mí?
Permanecer en lo que se nos entregó es un acto de fidelidad silenciosa. El Reino no nos fue confiado para ser ajustado a las temporadas, sino para ser guardado con honra. Incluso en lo pequeño, incluso en lo cotidiano, incluso en aquello que otros consideran irrelevante o anticuado.
y aunque muchos digan que no, la realidad es que nuestro exterior si revela si estamos siendo moldeados por el mundo o por la presencia de Dios.
revela, incluso, cuanto de nosotros estamos dispuestos a rendir por amor a aquel que nos amo primero.
Vestirse decorosamente no es legalismo ni tradición vacía. Es lealtad. Es coherencia. Es una respuesta amorosa a la identidad recibida. Somos linaje escogido, real sacerdocio, nación santa. Y quienes representan al Rey no necesitan parecerse al mundo para ser luz.
“Guarda el buen depósito por el Espíritu Santo que mora en nosotros.”
(2 Timoteo 1:14)
Vestirnos decorosamente es parte de esa custodia. Es decirle al mundo, sin palabras, que pertenecemos a otro Reino, con otros valores, otra belleza y otra gloria.