La ilusión de nuestra propia justicia
Por: Josselin Coello
Existe una ilusión que puede abrirse camino en el corazón de cualquier creyente. Se va formando mientras crecemos en conocimiento, corregimos hábitos y dejamos atrás ciertas luchas. Hasta que, casi sin darnos cuenta, comenzamos a creer que somos más justos de lo que realmente somos.
Entonces aparece el problema.
Ya no miramos el pecado con el mismo temor con el que antes examinábamos el nuestro. Nos escandaliza lo que otros hacen, pero encontramos explicaciones para nuestras propias fallas. Pedimos justicia cuando el error es ajeno y misericordia cuando el error lleva nuestro nombre.
Y es ahí donde la ilusión comienza a desmoronarse.
Porque el evangelio nunca tuvo la intención de convencernos de que éramos más justos que otros. Al contrario, nos mostró que delante de Dios ninguno podía justificarse por sí mismo.
Quizá por eso Jesús fue tan severo con los fariseos. No porque buscaran la justicia, sino porque llegaron a creer que la poseían. Su problema no era amar la ley; era pensar que su obediencia los hacía superiores. Y cuando alguien deja de verse como un pecador alcanzado por la gracia, inevitablemente comienza a mirar a los demás desde arriba.
Es fácil señalar al hermano que cayó. Lo verdaderamente difícil es recordar que, sin la misericordia de Dios, nosotros tampoco estaríamos de pie.
Pero existe algo donde toda superioridad moral pierde sentido: La muerte de Cristo.
Ante ese sacrificio, nadie puede presumir de sus méritos. Nadie puede decir que llegó por sus propios esfuerzos. Todos fuimos recibidos de la misma manera: por gracia.
Quizá crecer espiritualmente no consiste en convencernos de que cada vez somos mejores que los demás, sino en comprender, cada día con mayor profundidad, cuánto seguimos necesitando a Cristo.
Porque quien realmente entiende el evangelio sabe que la verdadera justicia nunca produce orgullo; produce humildad. No nos da el derecho de mirar por encima del hombro a nadie. Nos recuerda, una y otra vez, que seguimos viviendo de una misericordia que jamás podremos merecer.
Tal vez la mayor ilusión no sea creer que somos buenos. Tal vez sea olvidar que, incluso en nuestros mejores días, seguimos necesitando la gracia de Dios.
Más artículos como este
Tras las huellas del Amado
Hay preguntas que no nacen de la curiosidad, sino del desgarro. En Cantares, la esposa recorre las calles preguntando: «¿Habéis visto al que ama mi...
Cuando la gracia pesa sobre el corazón
Hay una forma de experimentar la gracia de Dios de la que pocas veces hablamos. Nos gusta sentir la gracia como aquello que alivia nuestras cargas, re...
Lo oculto no permanece en la sombra
Hay una idea que atraviesa la Escritura sin ruido, pero con un peso que tarde o temprano se impone: nada permanece oculto para siempre. No como amenaz...