La antigua vida no muere. Espera.
Por: Salomé Acosta
Hay frases que no nacen para decorar una pared, sino para incomodar el alma. Esta es una de ellas:
“Descuidarte espiritualmente le da vida a lo que creías muerto”
No acusa, no grita, no amenaza; simplemente revela una verdad que muchos prefieren no mirar: el descuido espiritual no te empuja de inmediato al abismo, pero sí abre la puerta para que aquello que creías superado vuelva a respirar dentro de ti.
Nadie se pierde de un día para otro. Nadie despierta una mañana habiendo decidido abandonar su fe, su convicción o su entrega. El retroceso casi siempre comienza de forma imperceptible, en lo cotidiano, en lo que dejamos de hacer porque “no pasa nada”. Un día sin oración, otro sin Palabra, otro más confiando en la memoria espiritual del pasado. Y mientras creemos que todo sigue en orden, algo dentro empieza a enfriarse.
La vieja manera de vivir nunca muere por completo. No desaparece con una experiencia emocional ni con un compromiso público. Muere cuando es confrontada cada día, cuando es sometida, cuando se mantiene crucificada por una relación viva con Dios. Cuando esa relación se descuida, lo antiguo no necesita ser invitado; simplemente se levanta. Vuelven pensamientos que ya no dominaban, reacciones que creíamos sanadas, actitudes que pensábamos enterradas. No porque Dios se haya alejado, sino porque dejamos de buscarlo con la misma intención.
El mayor engaño es pensar que la madurez espiritual nos vuelve independientes. Creer que ya no necesitamos tanto, que ya sabemos cómo funciona, que podemos sostenernos con lo aprendido. Pero la verdadera madurez no elimina la dependencia; la profundiza. Cuanto más se conoce a Dios, más clara se vuelve la necesidad de Él. El corazón que se confía demasiado a sí mismo es el primero en descuidarse.
Antes de que algo se note afuera, siempre ocurre un abandono interior. La caída nunca avisa en público. Siempre empieza cuando dejamos de mirar hacia adentro, cuando la vigilancia se relaja y la confianza se posa más en lo que creemos ser que en Aquel que nos sostiene. Tal vez por eso la Escritura no advierte al débil, sino al que se cree firme:
- “Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga” (1 Corintios 10:12).
No es una amenaza, es misericordia. Un llamado a volver al cuidado, a la atención diaria, a la dependencia constante. Porque permanecer en pie no es cuestión de fuerza, sino de vigilancia espiritual.
Cuidar la vida espiritual no es exageración ni fanatismo. Es conciencia. Es entender que el corazón humano nunca permanece neutral“…porque desde que nace, el corazón del hombre se inclina al mal.” (Génesis: 8:21 DHH) Por eso cuando dejamos de alimentar el espíritu, no quedamos en pausa; retrocedemos sin darnos cuenta.
Por eso la vigilancia no es una opción, es una forma de amar la vida nueva que Dios nos dio. Porque lo que no se cuida, se debilita, y lo que se debilita termina cediendo espacio. Permanecer en pie no es un acto ocasional, es una decisión diaria: guardar el corazón, volver a Dios, y cerrar cada día la puerta a aquello que una vez nos esclavizó.
Escrito por Josselin Coello