Hasta que lleguen a Él
Por: Josselin Coello
Hay un dolor del que no se habla lo suficiente: el de amar a alguien que está lejos de Dios. Puede ser un padre, una madre, un hermano, un hijo que nunca llegó a conocer a Cristo, pero también alguien que alguna vez estuvo cerca de Él y hoy se encuentra lejos. Para cada hijo de Dios, esto no es una preocupación pasajera. Es una carga que aparece en medio de la cotidianidad, en una conversación en la mesa, en una noche cualquiera, cuando vuelves a pensar en esa persona y en lo mucho que deseas que conozca al mismo Jesús que cambió tu vida o que vuelva a encontrar el camino que un día dejó. Porque no quieres simplemente que vaya a una iglesia o que adopte una religión; quieres que tenga un encuentro real con Cristo. Y cuando entiendes lo que eso significa, comienzas a mirar a quienes amas de una manera distinta: ya no solo te preocupa cómo están hoy, sino dónde estarán cuando esta vida termine.
Quizá eso es lo que hace que este dolor sea tan difícil de explicar. Porque no estamos hablando simplemente de alguien que toma malas decisiones o de alguien con quien no compartes las mismas creencias. Estamos hablando de personas que amas profundamente y cuya condición espiritual no puedes ignorar. Hay quienes nunca tuvieron la oportunidad de conocer verdaderamente a Cristo, y hay quienes lo conocieron, caminaron cerca de Él y, por distintas razones, terminaron alejándose. Y frente a ambas historias existe una pregunta que muchas veces cuesta pensar: ¿qué pasará con ellos si nunca se acercan a Dios? Es una pregunta que pesa porque sabes la respuesta. Y, además, es algo que no puedes controlar porque no puedes decidir por ellos. No puedes creer en su lugar. No puedes arrepentirte en su nombre. Puedes hablarles de Cristo, pero no puedes abrirles los ojos. Puedes mostrarles el camino, pero no puedes obligarlos a caminarlo. Y quizá una de las formas más dolorosas de amar es precisamente esa: saber que deseas profundamente algo para alguien que amas, pero que no puedes decidirlo por él.
Pesa saber que no tienes asegurada la próxima conversación, la próxima visita, el próximo cumpleaños ni el próximo día. Pesa no saber cuánto tiempo tienes para decir lo que todavía no has dicho ni cuánto tiempo tendrán ellos para tomar decisiones que hoy siguen postergando.
Por eso el tiempo adquiere otro significado. Porque mientras tú sigues esperando, la vida sigue avanzando. Los años pasan y las personas siguen cerrando su corazón a una oportunidad que no es infinita, como la eternidad.
Porque sabes que la eternidad vuelve urgente lo que el mundo enseña a aplazar como si tuviéramos todo el tiempo del mundo. Y cuando entiendes eso, ya no puedes conformarte con pensar: «Algún día». Porque hay cosas que no pueden seguir esperando indefinidamente.
Eso no significa que dejes de insistir, que te vuelvas indiferente o que dejes de hablar. Al contrario, no puedes permitirte perder la fe. Porque existe un momento peligroso en el que el dolor se vuelve costumbre. Te acostumbras a que papá no crea. A que mamá esté lejos. A que tus hermanos nunca hayan conocido a Jesús. A que tus hijos se hayan apartado. Te acostumbras tanto a esa realidad que dejas de verla como una urgencia espiritual y comienzas a aceptarla como parte de nuestra historia. Y quizá ese sea uno de los mayores peligros: no que dejes de amar a esas personas, sino que dejes de esperar algo diferente para ellas. Que su distancia de Dios se vuelva tan cotidiana que ya no te quebrante. Que aprendas a convivir con la posibilidad de su perdición sin que eso te lleve a clamar por sus vidas. Hay nombres que no deberían convertirse en parte del paisaje infernal. Hay personas por las que no puedes permitirte dejar de sentir urgencia.
No dejes de insistir. Sigue creyendo que la historia no está terminada. Cree que Dios puede alcanzar al que nunca le conoció y también al que se alejó. Cree que puede entrar en lugares donde tú no tienes acceso y tocar corazones que llevan años cerrados. No dejes que el paso de los años te robe el deseo de que lleguen a conocerle. No dejes que la espera te vuelva indiferente. Sigue orando y creyendo hasta que tu petición se convierta en una realidad. Hasta que vuelvan. Hasta que le conozcan. Hasta que lleguen a Él.
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