Devocional

El resentimiento con Dios: la herida silenciosa que nadie nombra.

Por: Josselin Coello

El resentimiento con Dios: la herida silenciosa que nadie nombra.

Hay heridas que no se ven, pero cambian la forma en que nos relacionamos con todo… incluso con Dios. No siempre se hablan, no siempre se reconocen, pero están ahí, escondidas detrás de una fe que sigue en pie, pero ya no arde igual; detrás de oraciones que se dicen, pero sin la misma entrega; detrás de una cercanía que, sin romperse del todo, ya no se siente tan libre.


El resentimiento con Dios es una de esas heridas. Y no nace de la rebeldía, como muchos piensan, nace del dolor… de momentos que no entendimos, de respuestas que no llegaron como esperábamos, de procesos que se sintieron más largos, más duros, más solitarios de lo que creímos justo.

Nos resentimos cuando sentimos que Dios pudo haber hecho algo… y no lo hizo. Cuando pensamos que llegó tarde. O cuando, en lo más profundo, algo en nosotros susurra: “esto no era lo que esperaba de ti”. Y aunque no lo digamos en voz alta, algo cambia. No dejamos de creer necesariamente, pero dejamos de confiar de la misma manera. Le seguimos hablando a Dios, pero ya no con la misma apertura. Le seguimos buscando, pero con una parte del corazón resguardada, como si, sin darnos cuenta, hubiéramos aprendido a protegernos de Él.


Y es ahí donde esta herida se vuelve más profunda. Porque no todo lo que enfría la fe se llama duda… a veces es el eco del resentimiento. Un eco silencioso que distorsiona, que nos hace mirar a Dios a través de lo que dolió, en lugar de mirar lo que dolió a través de quién es Él.

Entonces la relación cambia. No porque Dios se haya alejado, sino porque nosotros empezamos a poner límites donde antes había confianza. Y sin darnos cuenta, la fe se vuelve más cautelosa, más medida, menos rendida. Dejamos de acercarnos como hijos confiados para acercarnos como quien no quiere volver a salir herido.


Pero el problema no es sentir. El problema es permitir que ese sentimiento determine el resto de tus días. Porque el dolor puede ser real -muy real-, pero no siempre dice la verdad completa sobre Dios.


Volver a confiar no es entenderlo todo, es decidir no soltar la intimidad con Dios por lo que no entendimos. Es acercarte otra vez, aun con preguntas. Es abrir el corazón, aun cuando sabes que ahí fue donde más dolió. Es decir: “me dolió… pero no quiero perderte en esto”.

Y tal vez hoy no puedes decir “confío plenamente”, pero sí puedes decir: “quiero volver”. Y eso basta.

Porque Dios no se ha movido. No está ofendido por tu herida… pero tampoco quiere que vivas atrapado en ella. 


Porque al final, no se trata de cuánto te dolió -aunque dolió-, ni de cuántas respuestas aún faltan. Se trata de no perder a Dios en medio de lo que no entendiste, de no permitir que una herida tenga más peso que una relación que ha sostenido toda tu vida.


El Señor está cerca de los quebrantados de corazón, y salva a los de espíritu abatido. Salmos 34:18

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