Devocional

El llamado también exige madurez

Por: Josselin Coello

El llamado también exige madurez

Madurar tambien es parte del llamado aunque pocas veces se diga con claridad. Hablamos mucho del propósito, del ministerio, de lo que Dios hará a través de nosotros, pero poco de lo que Dios necesita formar en nosotros antes de confiarnos más. Porque el llamado no solo se trata de hacer, sino de ser, y eso requiere un proceso que no siempre es cómodo ni visible.


Hay una verdad que rara vez se menciona: Dios no tiene prisa por llevarnos a la plataforma, pero sí es meticuloso en trabajar nuestro carácter. Podemos tener dones, pasión y buena intención, y aun así no estar listos. No porque Dios nos haya rechazado, sino porque todavía estamos aprendiendo a obedecer cuando nadie aplaude, a permanecer cuando no hay emoción y a servir cuando no es conveniente.


Madurar implica aceptar corrección sin justificarlo todo. Implica dejar de vivir a la defensiva y comenzar a preguntarnos qué quiere Dios enseñarnos a través de lo que nos incomoda. Muchas veces llamamos ataque a lo que en realidad es formación, y llamamos prueba injusta a lo que Dios está usando para revelarnos áreas que aún no le hemos rendido. Pocos dicen que parte de la madurez espiritual es aprender a esperar sin murmurar. No toda demora es un no de Dios. A veces es simplemente un todavía no, porque el corazón necesita alinearse antes de que las manos reciban. Dios cuida más nuestra alma que nuestro calendario.


Madurar también es entender que no todo desacuerdo es persecución, ni toda diferencia es rechazo. A veces Dios usa personas comunes para confrontarnos, y no siempre lo hace de la manera que esperamos. La inmadurez se ofende; la madurez examina, ora y aprende.


Otra verdad poco mencionada es que el llamado no nos exime de sanarnos. Servir no sustituye el proceso interior. Podemos estar activos externamente y aún cargar heridas no resueltas, inseguridades profundas o patrones que Dios quiere transformar.


Madurar es permitirle a Dios tratar esas áreas, aunque eso signifique detenernos, callar o volver a empezar.


También hay una madurez que se demuestra en lo cotidiano. En cómo hablamos cuando estamos cansados, en cómo reaccionamos cuando no nos toman en cuenta, en cómo tratamos a otros cuando sentimos que sabemos más. El carácter no se revela en los momentos grandes, sino en los pequeños, esos que casi nadie ve. Dios no está buscando personas perfectas, pero sí corazones enseñables.


El llamado no se trata de llegar rápido, sino de llegar bien. Y muchas veces, madurar significa aceptar que todavía estamos en camino, que aún hay cosas que aprender y que eso no nos resta valor, sino que nos prepara.


Quizás hoy el mayor acto de obediencia no sea avanzar, sino permitir que Dios nos forme un poco más. Porque cuando el llamado se sostiene sobre la madurez, lo que Dios confía permanece. Y eso, aunque no siempre se note, es una de las obras más profundas que Él hace en nosotros.

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