Devocional

El dolor de la perdida

Por: Josselin Coello

El dolor de la perdida

‎La pérdida es uno de los dolores más crudos que puede experimentar el ser humano. No llega con suavidad ni con explicaciones claras. Llega rompiendo algo por dentro. A veces ocurre en un instante y cambia la vida completa. Otras veces se instala lentamente, como una ausencia que va creciendo hasta que un día entendemos que nada volverá a ser igual.


‎Cuando perdemos a alguien, el mundo sigue funcionando como si nada hubiera pasado. La gente sigue con su rutina, las calles siguen llenas, el tiempo continúa avanzando. Pero para quien está viviendo la pérdida, el tiempo parece detenerse. Hay una especie de desconexión entre lo que ocurre afuera y lo que se está viviendo por dentro.


‎La pérdida no es solo tristeza. Es silencio en lugares donde antes había conversación. Es mirar un espacio vacío y saber que nadie volverá a ocuparlo de la misma manera. Es escuchar una canción, o pasar por un lugar, y sentir que el pecho se aprieta porque los recuerdos llegan sin pedir permiso.

‎Hay días en los que el dolor aparece sin aviso. Un recuerdo, una fecha, una palabra, una fotografía… y de repente el corazón vuelve al momento en que todo cambió.


El duelo tiene esa crudeza: no siempre se comporta de forma ordenada. Hay días que parecen tranquilos y otros en los que la ausencia pesa como si fuera el primer día otra vez.

‎Y en medio de ese dolor, muchas personas sienten también preguntas que no saben dónde colocar. Preguntas sobre Dios, sobre el sentido de lo que pasó, sobre por qué ciertas historias terminan de formas que nadie hubiera querido.

A veces incluso aparece la sensación de abandono, como si Dios hubiera guardado silencio justo cuando más se necesitaba una respuesta.


‎La Biblia no ignora esa experiencia humana. Incluso frente a la muerte de su amigo Lázaro, Jesus no respondió con distancia. La Escritura registra uno de los versículos más breves y más profundos: Jesús lloró. No dio primero una explicación. No corrigió el dolor de quienes estaban allí. Lloró.

‎Eso revela algo profundamente humano del corazón de Dios: Él no observa la pérdida desde lejos. Él se acerca al dolor.


‎Perder a alguien deja una marca que no desaparece simplemente con el paso del tiempo. Hay ausencias que siempre se sentirán. El duelo no es olvidar, ni reemplazar, ni borrar la historia compartida. Es aprender a vivir con una ausencia que antes no existía.


‎Y ese aprendizaje es duro. Porque implica aceptar una realidad que el corazón muchas veces se resiste a admitir. Implica caminar con recuerdos que a veces consuelan y otras veces duelen. Implica reconstruir una vida donde algo importante ya no está.

‎En ese proceso, la fe no elimina el dolor, pero sí ofrece algo que el dolor por sí solo no puede dar: compañía. En el libro de los Salmos encontramos oraciones que nacen desde lo más crudo del sufrimiento. No son palabras adornadas, son gritos del alma. Y aun así, esas oraciones fueron preservadas en la Escritura porque Dios no rechaza el dolor humano.

‎Dios no exige que el duelo sea limpio ni rápido. No exige que las lágrimas terminen pronto. Él camina con quienes atraviesan la pérdida, incluso cuando la fe se siente frágil y las respuestas parecen demasiado lejanas.


‎Hay algo que el tiempo, acompañado por la presencia de Dios, empieza a hacer lentamente. El dolor que al principio parece imposible de cargar comienza a transformarse. No desaparece, pero deja de ser solo una herida abierta. Con el tiempo se convierte también en memoria, en amor recordado, en una historia que sigue teniendo significado.


‎La pérdida rompe muchas cosas dentro de nosotros. Pero incluso en ese lugar roto, Dios sigue trabajando. Y aunque el duelo nos recuerde constantemente lo que falta, la presencia de Dios tiene la capacidad de sostener lo que queda, de acompañar cada lágrima, y de enseñarnos -muy lentamente- que incluso después de la pérdida, la vida todavía puede encontrar caminos para seguir adelante.

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