El desierto no es castigo, es encuentro
Por: Salomé Acosta
“Por tanto, he aquí que yo la seduciré, la llevaré al desierto, y hablaré a su corazón” (Oseas 2:14).
Durante mucho tiempo hemos pensado que el desierto es señal de fracaso espiritual. Lo interpretamos como pérdida, como retroceso, como silencio divino. Pero Oseas nos obliga a cambiar la narrativa: el desierto no es ausencia de Dios; a veces es el escenario elegido por Él para volver a hablar al corazón.
El problema es que no queremos llegar allí. Huimos del desierto porque nos desnuda. Porque en él no hay aplausos, ni distracciones, ni validaciones externas. En el desierto no se puede fingir. Lo que somos queda expuesto, y eso incomoda. Sin embargo, es precisamente ahí donde ocurre algo profundamente transformador: el corazón vuelve a escuchar.
Oseas habla de una seducción que no es ruidosa ni violenta. Es una atracción suave, persistente, que nos conduce al silencio. Dios no grita; Él atrae. Y cuando finalmente dejamos de resistirnos, nos encontramos en un lugar árido donde, paradójicamente, la voz de Dios se vuelve más clara que nunca.
El desierto revela una verdad incómoda: muchas veces no es que Dios haya dejado de hablarnos, sino que nuestro corazón estaba demasiado lleno para escucharlo. Lleno de orgullo, de autosuficiencia, de heridas no procesadas, de ruido religioso. El desierto vacía. Y solo un corazón vacío puede ser llenado de nuevo.
Allí, en ese espacio donde ya no hay apoyos falsos, Dios no nos habla para humillarnos, sino para restaurarnos. No señala primero el pecado, sino la relación. No comienza con corrección, sino con intimidad. Habla al corazón porque sabe que si el corazón sana, todo lo demás se ordena.
Quizá hoy estés en un desierto emocional, espiritual o incluso físico. Tal vez no lo pediste, tal vez no lo entiendes. Pero hoy Dios te recuerda que el desierto puede ser un acto de amor profundo: el lugar donde Dios corta con lo superficial para volver a lo esencial.
El desierto no es el final de la historia. Es el punto donde la relación se redefine, donde la fe deja de ser heredada o mecánica y se vuelve personal, honesta y viva. Allí, cuando el corazón por fin escucha, comienza una restauración que no se ve de inmediato, pero que transforma para siempre.
Escrito por Josselin Coello