Devocional

Detrás del servicio, hay un corazón.

Por: Josselin Coello

Detrás del servicio, hay un corazón.

Hay necesidades que se anuncian desde el púlpito y otras que aprenden a esconderse entre los bancos. Algunas se expresan en peticiones de oración, otras se manifiestan en la falta de recursos y unas cuantas pasan inadvertidas porque quienes las experimentan han aprendido a seguir sirviendo sin decir una palabra. Y quizá una de las necesidades más urgentes de la iglesia actual no sea la que más se menciona, sino aquella que nadie se detiene a mirar.


Estamos acostumbrados a identificar las necesidades visibles: hacen falta obreros, hay mucho trabajo por realizar, se necesitan recursos, hay ministerios que fortalecer y personas que alcanzar. Todo eso es importante, pero ¿qué sucede con aquello que no aparece en una agenda ministerial? ¿Quién se ocupa del corazón de quienes se ocupan de los demás? ¿Quién pregunta cómo está aquella persona que siempre está disponible, que resuelve, que acompaña y que parece tener fuerzas para todos?


Existe una necesidad silenciosa en la iglesia: volver a mirar a las personas más allá de lo que hacen para Dios. Porque podemos conocer la función de alguien sin conocer su carga, escuchar su oración sin advertir su agotamiento y recibir su servicio sin preguntarnos cuánto le está costando sostenerlo. A veces, la persona que más aporta es también la que menos espacio encuentra para expresar que necesita ayuda. No porque la iglesia necesariamente le haya cerrado la puerta, sino porque hemos aprendido a reconocer con facilidad la capacidad de alguien y no siempre su vulnerabilidad.


Jesús nunca redujo a las personas a su utilidad. En Marcos 6:31, cuando los apóstoles regresaron de su labor y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado, Él les dijo: «Venid vosotros aparte a un lugar desierto, y descansad un poco». Es significativo que Jesús no les pidiera inmediatamente otra tarea. Reconoció que también necesitaban detenerse. El servicio no anulaba su humanidad, y el cansancio no los convertía en obreros menos valiosos. Había un momento para dar, pero también uno para apartarse y descansar.


Quizá necesitamos recuperar esa mirada. No toda ausencia es indiferencia, no todo silencio es fortaleza y no toda sonrisa significa que alguien está bien. Hay quienes continúan llegando, cumpliendo sus responsabilidades y participando de las actividades mientras atraviesan luchas que nadie conoce. No necesitan que la iglesia los convierta en objeto de lástima, sino que sea un lugar donde puedan ser escuchados sin temor a perder el respeto de los demás, donde pedir ayuda no se interprete como falta de fe y donde la fragilidad no sea motivo de cuestionamiento espiritual.


Pero esta necesidad también nos confronta como comunidad. ¿Nos interesa la persona o solamente lo que puede aportar? ¿Nos acercamos únicamente cuando necesitamos que haga algo? ¿Sabemos escuchar sin apresurarnos a corregir, aconsejar o citar un versículo para cerrar una conversación que apenas comienza? La Palabra de Dios nos enseña en Gálatas 6:2: «Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo». Sobrellevar una carga implica acercarse, escuchar y compartir el peso; no simplemente recordarle al otro que debe ser fuerte.


La iglesia necesita seguir anunciando el evangelio, formando obreros, alcanzando almas y cumpliendo su misión. Pero, en medio de todo lo que hay por hacer, no puede olvidar a las personas por quienes y entre quienes desarrolla esa misión. Una comunidad espiritualmente saludable no es aquella en la que nadie reconoce estar cansado, sino aquella en la que el cansancio puede expresarse, las heridas reciben atención y el servicio no sustituye el cuidado.


Tal vez el próximo paso que necesita dar la iglesia no sea organizar una actividad más, sino aprender a mirar mejor. Preguntar con sinceridad, permanecer cuando la respuesta no es sencilla, acompañar sin exigir explicaciones y recordar que detrás de cada función ministerial hay una persona que también necesita ser cuidada. 


Y si de verdad queremos ser una iglesia que refleja el corazón de Cristo, tendremos que aprender a reconocer no solo las manos que trabajan en su obra, sino también los corazones que necesitan ser sostenidos. Porque una iglesia no demuestra cuánto ama a Dios únicamente por todo lo que hace en su nombre, sino también por la manera en que cuida a las personas que Él ha puesto en medio de ella.

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