Detrás de la máscara
Por: Josselin Coello
Existe algo silencioso que se instala en la vida de muchos creyentes, no de un día para otro, sino poco a poco… casi sin notarse. No necesariamente por maldad, sino por miedo… miedo a ser vistos como realmente estamos, miedo a no encajar, miedo a que nuestra fragilidad sea juzgada en lugar de abrazada.
Y sin darnos cuenta, comenzamos a usar máscaras.
Algunas son tan sutiles que incluso nosotros mismos creemos que son reales. Por ejemplo, está esa forma de mostrarse profundamente espiritual, con las palabras correctas, con una imagen que inspira… pero con una vida secreta donde la oración se ha vuelto escasa y la intimidad con Dios casi inexistente. No es falta de fe, es una desconexión que se ha disfrazado muy bien.
Otras veces, la máscara se parece a la rectitud. Todo luce en orden hacia afuera, como si la vida estuviera alineada con lo que se predica, pero en lo privado hay luchas sin resolver, áreas desordenadas que nadie ve. Y entonces se sostiene una versión pulida mientras el interior pide ser tratado.
También existe ese tipo de amor que se expresa con facilidad de frente: abrazos, sonrisas, palabras de bendición… pero que, en lo oculto, permite la crítica, el juicio o la división. Como si el afecto público pudiera compensar lo que no ha sido sanado en lo profundo.
Y quizá una de las máscaras más comunes es la de “estar bien”. Personas que llegan, se sientan, sirven, incluso ríen… mientras por dentro están agotadas o rotas. Pero el temor a ser vulnerables pesa más que la necesidad de ser restauradas, así que aprenden a sostenerse en silencio.
En medio del servicio, muchos descubren otra forma de cubrirse: funcionar. Cumplir, liderar, responder, estar disponibles… aunque el corazón no haya sido verdaderamente transformado. El hacer se vuelve refugio, y el ministerio, un lugar donde esconder procesos no resueltos.
A veces la máscara toma forma de consagración. Se cuida la imagen, se protege la reputación, se mantiene una apariencia de entrega… pero en el fondo ya no se vive para agradar a Dios, sino para no perder lo que otros piensan. Y sin darse cuenta, la identidad se vuelve más externa que interna.
Incluso en el altar puede haber máscaras. Lágrimas que caen, emociones intensas, momentos sinceros… pero que no siempre se traducen en una vida rendida cuando nadie está mirando. Se siente mucho en público, pero se transforma poco en lo secreto.
Hay también una suavidad aparente, una humildad que se expresa en el tono, en la postura, en las palabras… pero que por dentro compite, se compara, busca reconocimiento. Una humildad que se aprendió a representar, pero que aún no ha sido formada en el corazón.
Y entre todas, hay una que duele especialmente: la del que está herido y decide callarlo. Personas que siguen dando, sirviendo, estando… mientras por dentro sangran. Pero como nadie quiere parecer débil, prefieren cubrir la herida en lugar de exponerla para ser sanados.
Ni siquiera quienes lideran están exentos. Existe esa presión de mostrarse siempre firmes, siempre estables, siempre bien… aunque por dentro haya cansancio, dudas o quebranto. Como si la fuerza fuera un requisito para guiar, y no la dependencia de Dios.
Al final, todas estas máscaras tienen algo en común: sostienen una versión que no corresponde con lo que realmente está pasando en el alma. Y aunque muchas nacen desde el miedo más que desde la intención de engañar, terminan impidiendo lo más importante: la transformación.
Porque Dios no obra sobre lo que aparentamos… obra sobre lo que le rendimos.
Mientras seguimos cubriéndonos, la verdad queda esperando. Pero cuando alguien decide quitarse la máscara, aunque le cueste, aunque lo exponga, aunque no tenga todo resuelto…comienza algo real.
La iglesia no fue llamada a ser un lugar donde se actúa, sino donde se sana. No un espacio para sostener imágenes, sino para formar corazones.
Y reflejar a Cristo nunca ha sido cuestión de perfección… sino de verdad.