Devocional

Altivez: la distancia que tú mismo creas.

Por: Josselin Coello

Altivez: la distancia que tú mismo creas.

La altivez no siempre se nota… pero siempre separa. Es una distancia silenciosa, casi imperceptible al inicio, que no nace de lo que otros hacen contigo, sino de lo que tú levantas dentro de ti. Es la barrera invisible que construyes cuando decides no rendirte, no ceder, no reconocer.


Hay algo profundamente inquietante en esta verdad: En un mundo donde se premia la seguridad en uno mismo, la autosuficiencia y el “yo puedo solo”, esta idea choca. Porque nos han enseñado que mientras más alto te levantes, más digno eres de admiración. Pero el Reino de Dios funciona al revés. Allí, la altura no impresiona… pesa. 


La Escritura lo dice con claridad en : “Ciertamente Él es excelso, y atiende al humilde, mas al altivo mira de lejos” (Salmos 138:6). No es una metáfora ligera. Es una postura divina. El altivo no es solo el orgulloso evidente, el que se jacta en voz alta. A veces es más sutil. Es esa versión de nosotros que no pide ayuda, que no reconoce error, que se endurece para no quebrarse frente a nadie… ni siquiera frente a Dios. Es el corazón que ora, pero no se rinde. Que escucha, pero no se somete. Que cree saber. Y Dios… se aleja. No porque no ame. No porque deje de ser Dios. Sino porque el orgullo levanta una barrera que ni siquiera Él invade por la fuerza.


El altivo construye distancia y luego se pregunta por qué no siente cercanía. Dios no lucha por imponerse en un corazón que se cree suficiente. Por eso la humildad no es debilidad, es acceso. Es la puerta que permite que Dios no solo mire… sino que habite. El humilde no es el que se minimiza, sino el que se reconoce. El que entiende que sin Dios no es menos valioso, pero sí está incompleto. El que no tiene problema en decir “no puedo”, porque sabe exactamente a quién acudir. Y ahí ocurre lo extraordinario: mientras el altivo es visto desde lejos, el humilde es sostenido de cerca.


Tal vez no se trata de cuánto sabes, cuánto lograste o cuánto control tienes. Tal vez se trata de qué tan dispuesto estás a soltar esa necesidad de parecer fuerte, para finalmente ser dependiente. Porque Dios no se impresiona con tu altura…pero se acerca profundamente a tu rendición.

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